Tiempo de abundancia

Dios siempre se ofrece en abundancia, siempre da en abundancia. Él no conoce la dosis, se deja dosificar por su paciencia, somos nosotros los que, por nuestros limites, conocemos la necesidad de las cómodas cuotas. Pero él se da generosamente y donde está siempre se da en abundancia. Es lo que nos dice el profeta Isaías durante este Adviento, que Dios se da entero totalmente, que no se queda corto en nada de lo que ofrece a su pueblo, a sus hijos. Dios es tan generoso que siempre se da en abundancia y no se entrega de otra manera, porque el amor que nos tiene es tan grande que nos desborda, nos sobrepasa en todo, abundantemente. Es el gran regalo que cada día Dios nos hace y que se nos da en todo Él. Descubrirlo, quizás nos cuesta en ocasiones, hasta que estemos preparados; está preparado, esperando pacientemente y llamándonos por nuestro nombre hasta que lo escuchemos con claridad y reaccionemos. Esta abundancia de Dios contrasta enormemente con nuestras pobrezas y limitaciones, que se hacen más visibles cuanto más alejados estamos de Él. El Señor nos conoce a la perfección y por eso quiere regalarnos su abundancia, para que tengamos la certeza de que su primera opción siempre somos nosotros.

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Tranquilo, no todo está perdido

Hay veces que cuesta ver a Dios con claridad. Nuestra vida se tuerce sin saber cómo y de repente todo cambia. Sobreponerse a las adversidades lleva su tiempo, y casi sin darte cuenta, te puedes ir sumergiendo en un túnel muy oscuro, en el que resulta casi imposible ver la luz. Todo es oscuridad y la amargura se comienza a apoderar de ti. No sabes cómo quitártela, porque los pensamientos pesimistas te aplastan cada vez más, agarrotándote y haciéndote cada vez más pequeño; tan pequeño que piensas que no sirves para nada y que tu vida ya no tiene sentido, no merece la pena. Escuchas frases de ánimo, que te quedan muy lejanas, casi como un susurro, sin fuerza, que rápidamente se vuelven a ver eclipsadas por la vorágine de pensamientos e ideas que te vuelven a centrar en tu sufrimiento, en tu angustia. El tiempo parece que se ha detenido, porque pasa muy lento, con lo cual el tiempo de oscuridad parece que se eterniza más, y la desesperanza comienza a helar tu alma, a sentir ese escalofrío tan temido, en el que todo es vacío y caída libre sin saber a dónde vas a llegar.

Escucha lo que te dice el Señor: «Tú eres mi siervo, te he elegido y no te he rechazado, no temas porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortalezco, te auxilio, te sostengo con mi diestra victoriosa. No temas, yo mismo te auxilio» (Is 41, 9-10.13). 

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No es un Adviento más

No es un Adviento más, porque lo que estamos viviendo se sale de todo lo normal. No es un Adviento más, porque estas Navidades que vamos a pasar van a ser muy distintas a todas las de nuestra vida. No es un Adviento más porque nuestras relaciones personales, obligados por la pandemia, también han cambiado en nuestra expresividad y en las muestras de cariño que tenemos hacia los demás. No es un Adviento más, porque no podemos dejar que en estos momentos debido al desgaste que está teniendo en nosotros esta pandemia, nuestro corazón se enfríe y nos vayamos alejando, casi sin darnos cuenta del Señor. Es el momento de dar este golpe de efecto a nuestra vida interior para que la esperanza se haga mucho más fuerte, pues es Jesús el que viene. Debemos tener esa actitud de espera, pues son muchas las cosas que queremos realizar y que tenemos pendientes; además sabemos que sucederán y que muchas de ellas se harán realidad. Por eso la espera tiene sentido, y por eso tenemos que saber esperar en Dios, porque Él, aunque nos parezca que tarda, siempre acude a la cita, siempre viene al encuentro.

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Sonríele a Dios

Sonríele a Dios. «Sus planes no son nuestros planes, y nuestros caminos no son sus caminos» (Is 55, 8). Cuando de repente, ante nuestros ojos y pasos, se presenta un giro inesperado o una “sorpresa” no deseada, sabemos de sobra que esto nos descoloca. Parece como que todo se desmorona, como que la vida se para de repente y te ves cayendo al vacío, con tu vida totalmente descontrolada y saltando por los aires, siendo consciente de que todo se ha perdido y se ha derrumbado. Entonces le preguntas a Dios qué es lo que quiere de ti y qué te tiene preparado; y, además, te das cuenta de que todas las seguridades que te habías construido para sentirte bien y vivir aparentemente feliz han desaparecido repentinamente. Te falta el aire, tu cabeza no deja de dar vueltas y se te pasan por tu mente miles de pensamientos e ideas que cada vez se descontrolan más. Y surgen las preguntas sin respuesta y esa sensación en tu interior de que todo se ha perdido.

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Responder desde la fe en tiempos de pandemia

Decía Santa Teresa de Jesús que la cabeza es la loca de la casa. Y es cierto que, en este tiempo de pandemia, después de quince días de confinamiento, donde hemos empezado a adaptarnos, quien más quien menos a este nuevo estilo de vida temporal, son muchas las cosas que se pasan por la cabeza, y, son muchas las inercias que empezamos a tomar al ir perdiendo la fuerza con la que empezamos los primeros días. Digo esto porque un matrimonio conocido me decía anoche cómo, si no estás atento, te relajas en la vida de oración y te sumerges en los nuevos hábitos adquiridos durante esta cuarentena provocada por el covid-19. Y al igual que nos podemos relajar espiritualmente, también corremos el peligro, de que la “loca de la casa”, nuestra cabeza, también comience a plantearse alguna que otra pregunta sobre Dios y el porqué de las cosas.

Si Dios lo sabe todo, ¿por qué no impide entonces el mal? (Youcat 51). Es una pregunta que ante la impotencia que podemos sentir en determinados momentos de nuestra vida (mucho más en estos que estamos viviendo en la actualidad) puede asaltarnos en nuestro interior e incluso martillearnos y hacernos dudar sobre el Señor. 

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¡Adoradle! ¡Feliz día de Reyes!

«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2, 2).

Ha sido una noche mágica de ilusión y llena de regalos, llena de momentos entrañables que los más pequeños y los que no lo son tanto, viven con nerviosismo y alegría esperando verse sorprendidos por sus Majestades de Oriente. Ellos vieron un signo en el cielo; una estrella que no brillaba igual que las demás, que tenía algo distinto y que les hizo cuestionarse qué es lo que significa, qué quería decirles y qué sentido tenía que ellos la viesen y los demás no. Así es la presencia de Dios en nuestra vida, en nuestro día a día. Él brilla de manera especial para que nosotros podamos verlo a través de los signos que manifiestan su voluntad, su proyecto de salvación que tiene para todos nosotros, con el deseo de llenar nuestras vidas de sentido, ilusión y felicidad y así ser capaces de ponernos en camino para ir al encuentro del Señor que está presente en medio de la vida, de lo que nos acontece, y, especialmente, en los hermanos que nos rodean, a quienes tenemos que amar y con los que tenemos que vivir y hacer también camino.

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Luchando con la paz interior

El camino de la paz interior cuesta. Disfrutar de la tranquilidad y la serenidad en medio de este mundo lleno de prisas, problemas, agobios y preocupaciones hace aún más complicado encontrar la paz interior que tanto necesitamos para encontrarnos con Dios y saber ir afrontando y encajando el devenir del día a día. Solo hemos de mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta, en primer lugar, nosotros mismos y luego los demás, cómo no somos transmisores de alegría y paz, porque el ritmo de vida, las prisas con las que vivimos y la agitación interna que tenemos se encargan, y de buena manera, de quitárnoslas de nuestra vida para que seamos pasto del vacío que nuestro mundo nos provoca. 

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De las limitaciones a la confianza

Son muchas las ocasiones en las que afloran nuestras propias limitaciones y debilidades e incurrimos en errores a lo largo de nuestra vida. Estos provocan que tengamos que enfrentarnos con situaciones dolorosas, caídas que nos frustran y sufrimientos que en ocasiones nos condenan a no intentarlo más, bajar los brazos, perder el espíritu y dejar de luchar. Se debe a que el dolor que nos generan algunas caídas es tan profundo que nuestra mente rechaza súbitamente el reintentar superar la prueba que tanto fracaso nos induce. Quizás en este momento te puedes sentir desanimado, sin fuerzas para seguir, pensando en tirarlo todo por la borda; incluso puede que estas situaciones tan repetitivas te cansen tanto que estés harto de pasar por lo mismo tantas veces que estás decidido a cortar de una vez por todas, porque te encuentras sin fuerzas y piensan, creyéndote en toda la razón, de que no lo vas a volver a intentar y que ya no vas a pasar de nuevo por estas situaciones que te dañan y hacen que caigas y vuelvas otra vez a sufrir.

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Equilibrio interior

Parece casi normal que en nuestra vida suframos altibajos. Hay días que estamos más animados que otros; sentimientos que van y vienen; ilusiones y desilusiones que marcan la vitalidad con las que luchamos las cosas; enfados y desenfados con las personas que nos rodean y las circunstancias que tenemos que vivir…; y un sin fin de actitudes y vivencias que hemos de afrontar cada día y que marcan esos picos altos y bajos que tenemos en nuestro interior y que condicionan nuestra forma de vivir. Mantenernos en un mismo estado y nivel de vida interior parece casi imposible, porque vivir constantemente en equilibrio interior resulta una empresa difícil y dura a la vez, pues hemos de tener una fuerte vida interior que nos ayude a mantenernos en paz, serenidad, esperanza e ilusión en todo momento y en cada vivencia, independientemente de cómo sea. Es cierto que no somos máquinas, pero si algo nos ayuda a mantenernos en este equilibrio tan preciado y beneficioso es nuestra vida espiritual, pues nos ayuda a afrontar desde la presencia de Dios y desde la confianza más absoluta cada situación que tengamos que vivir, por muy dura y traumática que sea.

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Has de ver cosas mayores

El Señor siempre cuida a los que se ponen en sus manos. Hay veces que no entendemos porqué Dios pone dificultades y sorpresas en nuestro camino, sin comprender en primera instancia qué es lo que se propone con nuestra vida; pero es cierto que cuando estás totalmente abandonado en sus manos, lo que te desconcierta y descoloca, con el paso del tiempo vas constatando que lo has vivido ha merecido la pena y tomas conciencia de cómo el Señor te cuida, te guía y va por delante de ti; entonces te das cuenta de lo grande que es y cuántas gracias tienes que darle por cómo va dirigiendo tu vida día a día sin apenas darte cuenta. 

Son muchos los momentos que no vemos con claridad, las veces que creemos que ante nuestras dificultades no tenemos salidas, aparentemente. Aunque no entandamos nada, Dios siempre está ahí, sosteniéndonos y cuidándonos,pendiente de cada uno y dispuesto a darnos lo que necesitamos. Es importante saber abrirle la puerta de nuestro corazón y nuestra alma para que pueda entrar de lleno en nuestra vida y ayudarnos a sobreponernos y salir adelante. Lo normal es que nos cerremos en banda, nos bloqueemos y obsesionemos con nuestra situación, porque nos sentimos agobiados, desbordados y en un callejón sin salida. Nuestra mente se embota y no dejamos de pensar ni preguntarnos. Encerrarnos en nosotros mismos y obsesionarnos con nuestra angustia y sufrimiento, lo único que va a suponernos es un vacío más grande y un malestar mayor.

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