Caminando con dolor – Camino de Santiago (VI)

Amaneció en Portomarín en una etapa con miedos e incertidumbres, pensando si sería capaz o no de aguantar. Un fuerte dolor en los cuádriceps, especialmente en la pierna derecha, me hacía dudar de mi capacidad de resistir toda la etapa. Al principio pensaba que con calentar la comenzar a andar, se me quitaría el dolor; de hecho nada más salir de Portomarín y subir la primera cuesta (larga, por cierto), las sensaciones eran buenas y eso me ha tranquilizado. Al llegar al camino llano y las primeras bajadas el dolor se ha ido haciendo más agudo, y el miedo al abandono se ha hecho más grande. He bajado el ritmo, pensando en no forzar demasiado y en llegar cuanto antes a Palas de Reí. Así he caminado los veinticinco kilómetros. 

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Lo que te rodea – Camino de Santiago (V)

La etapa a Portomarin ha sido una etapa tranquila y suave, salvo las bajadas que han añadido una tensión a las piernas, pero nada que un buen descanso no pueda reparar. La climatología ha acompañado desde la salida de Sarria, por la niebla en primer lugar, y, después, por las nubes que han mantenido una temperatura ideal para caminar. Pero me quiero centrar en la niebla y en no poder contemplar la belleza del paisaje más allá de cincuenta metros, porque esto me ha hecho reflexionar sobre varias cosas. 

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Seguir la flecha. Camino de Santiago (I)

Acaba la primera jornada del Camino de Santiago, llena de buenas sensaciones y con la alegría de haber realizado la primera etapa, entre Ponferrada y Villafranca del Bierzo. Nada más salir del albergue solo una preocupación, encontrar la primera flecha que nos adentrara en el mundo del Camino de Santiago. No ha sido difícil porque ya nos habían explicado lo que teníamos que hacer en el albergue para coger la ruta, pero la incertidumbre de salir de la ciudad y no ver las flechas con tanta premura, han dado paso a los primeros pasos de inseguridad, por si íbamos o no en la dirección correcta. 

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Al servicio

«El que se ama a sí mismo, se pierde y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25). La vida es un regalo de Dios que tenemos que cuidar y conservar. Hemos de amarla y defenderla constantemente, porque es el primer don que Dios nos hace a cada uno. Estamos llamados a amar la Vida y no centrarnos en lo propio nuestro, porque entonces comenzamos a perder fuerza y a ser derrotados por todas las amenazas del mundo que atentan contra la vida física y la vida espiritual. Quien vive para lo propio se convierte en un egoísta, aunque pueda prosperar en los éxitos materiales y mundanos. El mundo se está encargando de meternos muy bien esta idea, porque necesita personas vulnerables interiormente, centradas en sí mismas, para seguir alimentándose y sintiéndose fuerte y dominador de las voluntades de cada ser humano. Jesús nos invita a lo contrario. Él siempre desecha la búsqueda del éxito personal a costa del olvido de los hermanos. Por eso critica con dureza a todos los que se buscan a sí mismos antes que a los hermanos. El verdadero sentido de la vida está en entregarse a los otros, para que así podamos amar y donarnos a los demás gratuitamente sin esperar nada a cambio, siguiendo los mismos pasos de Jesús, que pasaba por todos los lugares haciendo el bien y entregó su vida en la cruz por amor. 

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Ante la tempestad, calma

El evangelio es un reflejo de la vida misma. Son muchas las ocasiones en las que, ante los avatares y dificultades de la vida, los hombres acudimos a Dios movidos por las prisas, las ganas de que todo se resuelva, el deseo de que el Señor actúe pronto y nos conceda todo aquello que le pedimos, porque necesitamos su ayuda, pues incluso en algunos momentos, podemos llegar a rozar la angustia y la desazón. Pero los caminos y los tiempos del Señor son totalmente distintos a los nuestros. Él parece que no tiene prisa cuando nosotros la tenemos; parece que no nos escucha cuando le rogamos con insistencia que nos conceda cuanto le pedimos; parece que no está pendiente de nosotros cuando clamamos a Él con tanta insistencia; parece que se ausenta y nuestra vida le pasa totalmente desapercibida; parece que no nos mira cuando no hacemos más que rogarle y llamarle para que nos atienda como esperamos y deseamos. Dios no es como nosotros y actúa de una forma totalmente diversa a la nuestra.

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Tu vida es una bendición

Que cada día de tu vida sea una bendición por todo lo que el Señor te ha permitido vivir y por la maravillosa oportunidad que tendrás a lo largo de este día de bendecirlo y alabarlo, con un corazón agradecido, por todo lo que vives y lo que tienes en tus manos para realizar pequeños gestos de amor en su nombre. Esos gestos que llenan tu corazón y el de los que te rodean. Así no solo bendecirás al Señor, también a los demás, porque conviertes tu vida y la de los hermanos en un don, en un regalo que el Señor te ha dado para que lo compartas con todos. No te quedes en las palabras bonitas y en los gestos que te hacen quedar bien, esfuérzate cada día por hablar bien de los otros con amor y contárselo en tu oración y con tus palabras a Dios y a los demás. Así lo hizo Jesús cada vez que tenía la oportunidad de ayudar a quien se acercaba a Él. Siempre miraba al cielo, y después de invocar al Padre sanaba y bendecía. Así fue el milagro de los panes y de los peces (cf. Lc 9, 11-17), el Señor Jesús miró al cielo y pronunció la bendición. Entonces se produce el milagro.

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Una respuesta generosa

Ante la fuerza del Espíritu Santo todos los miedos y temores que puedas tener se desvanecen. El ejemplo lo tenemos en los apóstoles, que, al recibir la efusión del Espíritu en Pentecostés, pierden el miedo y de estar encerrados por miedo a los judíos, salen en pleno día a anunciar que Jesucristo había resucitado (cf. Hch 2, 12-14), sin tener ningún temor a las consecuencias por parte del pueblo judío por hablar de Jesús, a quien habían crucificado. La fuerza del Espíritu rejuvenece el alma y la llena de vida y de alegría. Esa que no puedes ocultar y que necesitas proclamar allá donde estés; esa alegría que transforma tu vida interior y te hace afrontar tus situaciones personales de una manera totalmente distinta. Con la Gracia del Espíritu Santo los problemas no se resuelven por si solos, milagrosamente, sino que tu manera personal de afrontarlos cambia radicalmente porque es el Señor quien se hace presente en tu vida y cambia el sentido de todo lo que vives y realizas. Tu corazón ya no es el mismo, también es transformado, condición previa para poder vivir de una manera totalmente nueva a Jesucristo. Si el corazón no se convierte ni acoge a Cristo, no basta con verlo. Has de vivir como Jesús para poder transmitirlo con tus obras y palabras, y así encontrarás la paz. Cuando Jesús se aparece en el Cenáculo a los discípulos les dice «Paz a vosotros» (Jn 20, 19), y les sopla su aliento, les regala el Espíritu Santo. La paz libera y ayuda en los problemas, llega a lo más profundo del corazón y lo llena de serenidad, de esa calma profunda que es tan necesaria para no dejarse llevar por los agobios, preocupaciones y sufrimientos. 

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La llamada de Dios

Dios llama a cada uno por su nombre. Te ha elegido especialmente para que seas hijo suyo, para que aprendas todo lo que tiene que enseñarte y para que encuentres el sentido a todo lo que has de vivir y que te espera si eres capaz de dejarte guiar por el Espíritu Santo. No olvides que el Señor te tiene preparadas cosas grandes, vivencias importantísimas que te permitirán descubrir horizontes desconocidos y experiencias impensables, que harás realidad gracias a la grandeza de Dios. Es el momento de dar el salto y no pensárselo mucho. Jesús te llama para que le sigas mientras pasa a tu lado. Haz como los discípulos, que dejando las redes le siguieron (cf. Lc 5, 4-11); haz como Mateo que levantándose de su mesa recaudadora de impuestos también siguió al Maestro (cf. Mt 9, 9-13). Todos lo hicieron inmediatamente, en el momento que ocurrió. No estuvieron pensando mucho tiempo; en primer lugar, porque la llamada de Jesús fue más que convincente, y en segundo lugar porque rápidamente tuvieron la certeza de que en el Señor estaba la verdadera felicidad, sabían que no iban a fallar en su elección.

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El día después de Pentecostés

Al día siguiente de Pentecostés los discípulos de Jesús siguieron predicando con fuerza y valentía que Jesús había resucitado. Lo hacían con la alegría que les proporcionó el Espíritu Santo y que ellos se esforzaban con conservar, cuidando su vida espiritual y llevando a la práctica cada una de las palabras que habían escuchado por boca de Jesús y que tenían bien guardadas en su corazón. ¿Qué es lo que tú tienes guardado en tu corazón? Son muchas las vivencias, sentimientos, percepciones, gozos, fracasos…, que tienes dentro de ti y que Jesús bien conoce. Puedes ser reservado o extrovertido, puedes contarlo todo o sólo lo que consideras, pero Jesús lo conoce todo y sabe cómo te sientes y qué necesitas en cada momento de tu vida. Por este motivo, déjate llevar por Él, no te escondas nada y no le des largas, posponiendo encuentros, tan necesarios y especiales, que te ayuden a abandonarte y así vivir ese amor tan especial que es el que Dios nos da.

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Obedece a Dios y no a los hombres

Mantenernos fieles a la Palabra de Dios y vivirla con radicalidad es exigente y a veces difícil, porque el nivel de renuncia que hemos de tener hace que tengamos que negarnos a nosotros mismos, y no siempre estamos dispuestos. Dice el apóstol san Pedro: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29) cuando el Sanedrín quiere prohibirle que predique a Jesús Resucitado. Caminar contracorriente, ser auténtico a tus ideas y a tus deseos muchas veces hace que camines solo y que no sientas el apoyo de nadie. Esta es la libertad de los hijos de Dios que quieren vivir su fe y cumplir los mandatos del Señor, porque nos llevan al camino de la felicidad, de la plenitud. Obedecer a Dios cuesta, pero nos permite ser verdaderamente libres, porque nos permite dejarnos llevar por el Espíritu de Dios a donde quiera y reconocer su presencia en cada persona con la que nos encontramos. Obedecer a Dios es reconocer la verdad y no quedarnos estancados en el conformismo que hace que bajemos los brazos y nos dejemos llevar por lo que piensan los demás, arrastrados a unas dinámicas que nos debilitan y hacen más vulnerables ante las tentaciones que nos asaltan.

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