María y el Pan de Vida

La tristeza de los discípulos en el Cenáculo contrasta con la esperanza de la Virgen María, que bien sabía que el Señor no la iba a defraudar. A pesar del dolor de contemplar en la cruz y tener entre sus brazos el cuerpo sin vida de su Hijo, María siempre tiene claro que el Señor tenía preparado algo grande después. Pero hay que vivir cada momento, y no podemos cambiar las cosas que no nos gustan por más que queramos. Las cosas vienen como vienen y no podemos evitarlas, más bien lo contrario, hemos de afrontarlas. Por eso dice Jesús: «El que viene a mi nunca tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» (Jn 6, 35). Jesús había realizado la multiplicación de los panes y los peces y la gente estaba absorta y emocionada contemplando a Jesús, porque Dios siempre da la abundancia para los que creen en Él. Esa misma abundancia espiritual y de fe fue la que tuvo María desde el principio y que se hace patente en su llamada: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Con el tiempo no la perdió, sino que la acrecentó.

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Obedece a Dios y no a los hombres

Mantenernos fieles a la Palabra de Dios y vivirla con radicalidad es exigente y a veces difícil, porque el nivel de renuncia que hemos de tener hace que tengamos que negarnos a nosotros mismos, y no siempre estamos dispuestos. Dice el apóstol san Pedro: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29) cuando el Sanedrín quiere prohibirle que predique a Jesús Resucitado. Caminar contracorriente, ser auténtico a tus ideas y a tus deseos muchas veces hace que camines solo y que no sientas el apoyo de nadie. Esta es la libertad de los hijos de Dios que quieren vivir su fe y cumplir los mandatos del Señor, porque nos llevan al camino de la felicidad, de la plenitud. Obedecer a Dios cuesta, pero nos permite ser verdaderamente libres, porque nos permite dejarnos llevar por el Espíritu de Dios a donde quiera y reconocer su presencia en cada persona con la que nos encontramos. Obedecer a Dios es reconocer la verdad y no quedarnos estancados en el conformismo que hace que bajemos los brazos y nos dejemos llevar por lo que piensan los demás, arrastrados a unas dinámicas que nos debilitan y hacen más vulnerables ante las tentaciones que nos asaltan.

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Por el Reino

Jesús siempre pide a los apóstoles que tengan fe en Él; son muchas las ocasiones en las que les dice: «Hombre de poca fe» (Mt 14, 31), ante las dudas que ellos tienen para fiarse plenamente de Jesús y creer en Él. Por eso Jesucristo se presenta como «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), porque Él es el Camino que nos conduce a Dios Padre, la Verdad que da sentido a nuestra vida, a nuestra existencia y la Vida que nos transmite para que alcancemos la alegría y la plenitud en nuestra vida. Por eso la fe nos lleva a un seguimiento auténtico de Jesucristo que viene a nuestro encuentro para que le sigamos y nos sintamos plenamente realizados como creyentes. El Señor nos ha creado libres y el Evangelio nos enseña a vivir en esta libertad verdadera porque somos hijos de Dios, porque además nos lleva a la renuncia de nuestro propio yo y esto se convierte en un misterio de amor. Cuando eres capaz de abnegarte, de sacrificarte por los demás, de entregar tu vida sin esperar nada a cambio, estás actuando por amor verdadero, dejándote llevar por el Señor a la entrega total del corazón, donde dejas de pensar en ti mismo para pensar en los demás.

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Instrumento del Espíritu Santo

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros» (Jn 14, 15-17). Jesús, en la Última Cena, habla a los discípulos sobre la unión que debe haber entre la fe, la entrega a Jesucristo desde el amor y la puesta en práctica de la Palabra de Dios en la vida cotidiana. Esta vivencia profunda de la fe nos llevará a una fuerza interior que nos permitirá amar a los demás igual que Jesucristo. Pues, en definitiva, es la aspiración que tenemos todos los cristianos: imitar a Jesús en todo lo que somos y tenemos. 

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Mantener y cuidar la ilusión

Mantener la ilusión renovada con el paso del tiempo es difícil, especialmente cuando afloran las dificultades y vamos perdiendo esa frescura y vitalidad que nos da el comenzar nuevas acciones personales o comunitarias que nos hacen creer en la posibilidad de cambiar y transformar nuestro entorno y ayudar a crecer también a las personas. A Jesús le ocurrió lo mismo, los que solían acompañarle fueron desanimándose, desilusionándose y abandonándole poco a poco. Así nos lo cuenta el evangelista san Juan: «Muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús dijo a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?»(Jn 6, 66-67). Que la decepción entre en nuestra vida es una pena, porque estamos dando cabida a que la gracia de Dios no actúe en nosotros y esto nos perjudica, pues perdemos la claridad de ideas y nos cuesta trabajo llegar a entender y justificar lo que nos ocurre. Comprender la bondad del padre bueno y su capacidad de perdonar al hijo pródigo; que el buen pastor sea capaz de dejar su rebaño para buscar a la oveja perdida, es una muestra más que suficiente para enseñarnos hasta dónde es capaz de llegar Jesús. Dios es fiel y siempre se nos muestra porque nos está acompañando en todo momento.

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Unido a Dios

No es fácil ser cristiano; vivir el Evangelio con fidelidad es demasiado exigente y no basta solo con pertenecer a la Iglesia y estar mucho tiempo dentro de ella. La primera conversión que uno vive, que es la que te acerca en primer lugar al Señor, es importante, pero no puede ser la única; necesitamos muchísimas más conversiones para que nuestro contacto con el Señor sea fructífero y podamos estar en Gracia de Dios constantemente. Para ello necesitas tener tu alma bien preparada, siempre joven para escuchar lo que el Señor te está diciendo en cada momento; para poder invocarle y adentrarte en su presencia, que todo lo envuelve; para discernir qué es lo que anda mal en tu vida y necesitas convertir, transformar; para saber pedir perdón a través del sacramento de la confesión y a los hermanos, a los que, en la convivencia diaria, a veces, no tratas con amor. 

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Amor incondicional

Somos conocedores de nuestra imperfección, de las limitaciones que tenemos y de las equivocaciones que cometemos. Hay veces que la soberbia nos ciega e impide que veamos claramente cuales son nuestras debilidades, porque nos hace creer que estamos en posesión de la verdad. Si algo nos recuerda la Palabra de Dios es que somos pecadores, que erramos y nos alejamos del Señor de la manera que menos esperamos. La perfección humana no existe en ningún hombre, el único perfecto es Jesucristo, y si perdemos la gracia de Dios nuestro corazón se inclina al mal. Sabemos que como aprendemos es equivocándonos, y hemos de procurar sacar lo positivo y la lección de todo lo que vivimos.

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Tu futuro en las manos de Dios

El futuro es impredecible, nos gustaría controlarlo y saber qué es lo que nos va a ocurrir, para así poder cambiar lo que no nos gusta o elegir mejor si sabemos que lo que estamos haciendo no va a ser como esperábamos. El tiempo es algo que valoramos tanto y que a veces perdemos con demasiada facilidad. Si para algo nos debe servir el tiempo es para disfrutar de todo aquello que hacemos, saboreando cada instante del presente ya que hemos de estar preparados, porque no sabemos ni el día ni la hora (cf Mt 25, 13). Así de dura es la vida, hoy estamos y mañana no. La vida nos puede cambiar en décimas de segundo. Pasamos mucho tiempo programando, pensando qué vamos a hacer, la dirección que vamos a tomar…, y sabemos que en un instante todo puede cambiar de la noche a la mañana.

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Gente buena

¡Cuánta buena gente la que nos rodea! Lo sabemos y lo comprobamos cada día. No hace falta irse muy lejos para encontrarla. Basta con echar una mirada a nuestro alrededor y descubrir que son muchas las personas que a nuestro lado tienen un corazón generoso, dispuesto a todo, solidario para ayudar en lo que sea necesario. Todas las personas somos capaces de sacar lo mejor que tenemos dentro. ¿Quién saca lo mejor de ti? Seguro que constantemente lo experimentas, te sorprende y te agrada tener a tu lado buenas personas, que con su bondad te alegran el corazón. En este mundo lleno de máscaras, las personas buenas no las necesitan, les sale de manera natural, no tienen que fingir nada porque por todos los poros de su ser desbordan de buenas acciones, sentimientos y detalles que calan y muy hondo.

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Sueños en el día de Reyes

¡Qué ilusión el día de Reyes! ¡Qué belleza la ilusión de los niños esperando ver todos los regalos que han recibido de sus Majestades! ¡Cuántos sueños que se hacen realidad en este día por las ilusiones cumplidas y cuántos sueños queremos que se nos cumplan y no llegan cuando deseamos! Los sueños son importantes porque muchos son ilusiones, deseos y esperanzas que queremos que se cumplan y que nos motivan para seguir avanzando cada día. Si hay un sueño que deberíamos pedir cada día los creyentes al Señor es el de la santidad, porque nos metería de lleno en el camino de la perfección, de la felicidad verdadera y del encuentro constante con Dios.

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