La oración de intercesión

Dios siempre quiere lo mejor para nosotros, quiere vernos felices en todo momento. Para ello nos ha dado uno de los mayores regalos que podemos tener: la oración de intercesión. Quien pide por los demás olvidándose de sí es capaz de mostrar la gran bondad que tiene su corazón. Uno de los ejemplos más claros lo tenemos en la curación del paralítico al que descolgaron por el techo (cf. Mc 2, 1-12). Gracias a la fe que tenían en Jesús quienes abrieron el boquete en el techo, lograron presentarle delante de Jesús de la manera menos pensada, incluso original, creyendo que Jesús lo curaría y le devolvería la salud. De este deseo es donde buscamos a Dios para que nos ayude a resolver nuestros problemas, agobios, angustias y frustraciones. Cuando rezamos a Dios pidiendo por alguien e intercediendo por él, estamos poniendo nuestra mano en el corazón de Dios con la confianza de saber que el Señor atenderá nuestras peticiones. Así es como llegamos al corazón misericordioso de Dios y provocamos el milagro, la acción salvadora. Porque el Señor no se resiste a quienes con fe le buscan, a quienes esperan en él y se compadecen también por el sufrimiento y el dolor de sus hermanos.

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La llamada de Dios

Dios llama a cada uno por su nombre. Te ha elegido especialmente para que seas hijo suyo, para que aprendas todo lo que tiene que enseñarte y para que encuentres el sentido a todo lo que has de vivir y que te espera si eres capaz de dejarte guiar por el Espíritu Santo. No olvides que el Señor te tiene preparadas cosas grandes, vivencias importantísimas que te permitirán descubrir horizontes desconocidos y experiencias impensables, que harás realidad gracias a la grandeza de Dios. Es el momento de dar el salto y no pensárselo mucho. Jesús te llama para que le sigas mientras pasa a tu lado. Haz como los discípulos, que dejando las redes le siguieron (cf. Lc 5, 4-11); haz como Mateo que levantándose de su mesa recaudadora de impuestos también siguió al Maestro (cf. Mt 9, 9-13). Todos lo hicieron inmediatamente, en el momento que ocurrió. No estuvieron pensando mucho tiempo; en primer lugar, porque la llamada de Jesús fue más que convincente, y en segundo lugar porque rápidamente tuvieron la certeza de que en el Señor estaba la verdadera felicidad, sabían que no iban a fallar en su elección.

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El día después de Pentecostés

Al día siguiente de Pentecostés los discípulos de Jesús siguieron predicando con fuerza y valentía que Jesús había resucitado. Lo hacían con la alegría que les proporcionó el Espíritu Santo y que ellos se esforzaban con conservar, cuidando su vida espiritual y llevando a la práctica cada una de las palabras que habían escuchado por boca de Jesús y que tenían bien guardadas en su corazón. ¿Qué es lo que tú tienes guardado en tu corazón? Son muchas las vivencias, sentimientos, percepciones, gozos, fracasos…, que tienes dentro de ti y que Jesús bien conoce. Puedes ser reservado o extrovertido, puedes contarlo todo o sólo lo que consideras, pero Jesús lo conoce todo y sabe cómo te sientes y qué necesitas en cada momento de tu vida. Por este motivo, déjate llevar por Él, no te escondas nada y no le des largas, posponiendo encuentros, tan necesarios y especiales, que te ayuden a abandonarte y así vivir ese amor tan especial que es el que Dios nos da.

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Jesús te conoce y te ama

Jesús te conoce y te ama. Él ha dado la vida por ti y nada de lo que haces y dices le resulta extraño, pues bien sabe cómo eres, no hace falta que le des muchas explicaciones para que sepa lo que sientes y piensas. Eres parte de su familia y también lo eres de su vida. No quiere que le trates como jefe, sino más bien como compañero de camino, siempre fiel y a tu lado. Escucha cómo te llama por tu nombre; siente su mirada tierna y cercana que te hace sentir en la verdadera paz y tranquilidad; aprende a descansar en Él para que sientas la mayor de las seguridades de tu vida. No sentirás igual de bien con nadie excepto con Él, porque sabe hacer las cosas de una manera especial. Es tu Señor y siempre te sorprende, porque el Señor no es previsible, excepto en el amor y la misericordia; ahí si que sabes cómo va a reaccionar siempre, pero de planes, de caminos y de futuro, lo mejor que puedes hacer es ponerte en sus manos y dejar que te guíe; porque los caminos de Dios no son nuestros caminos (cf. Is 55, 8-9).

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Un corazón en búsqueda

Hacer las cosas de corazón nos llena de satisfacción y de paz. Jesús, que es el Buen Pastor, nos muestra también su corazón lleno de amor y de misericordia, para que podamos comprender cómo de grande es el amor que Dios Padre nos tiene a cada uno y cómo nos quiere acoger y comprender tal y como somos; a cada uno desde nuestras propias limitaciones y pecados, sintiéndonos hijos suyos y disfrutando del hecho de que Dios nos ha pensado, nos llama a cada uno por nuestro nombre y nos hace partícipes de su proyecto de llevar su amor allá donde estemos y haciéndonos herederos de su Reino de Amor. Por eso te invito a que mires a tu corazón y recuerdes ese primer amor que tuviste hacia Dios, que te ayuda a seguirlo cada día, a confiar en Él y tenerlo en el centro de tu vida, de tu corazón. Jesús nos enseña que el corazón de Dios nunca se cansa ni tiene límites; no se da por vencido ante las dificultades y siempre se entrega en todo lo que realiza; nos deja libres para que decidamos qué es lo que queremos hacer y cómo queremos vivir; en él volvemos a descubrir cada día lo que significa amar hasta el extremo (cf. Jn 13, 1), porque siempre quiere llegar hasta el final, siendo fiel a la misión que el Padre le encomendó. Lo mismo tenemos que aprender a imitar nosotros: aprender de la fidelidad de Jesús en la Cruz.

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Un encuentro con el Resucitado

Las desesperanzas y fracasos de la vida hacen que caminemos tristes, desorientados, cabizbajos, confundidos…; es como si fuera volver atrás con la sensación de que todo es un desastre y de que no hay solución ante los problemas. La esperanza no se encuentra y parece que la desesperación se empieza a hacer fuerte en nuestra vida. Esto es lo que les ocurrió a los discípulos de Emaús, cuando regresaban a sus casas; todo estaba perdido, sus aspiraciones habían desaparecido con Jesús crucificado. No podían dar crédito a que Jesús, que había hecho tantos milagros, terminase en la cruz de la vergüenza; no podían entender que Dios no salvase a su propio Hijo de una muerte tan infame. La Cruz se había convertido para ellos en una decepción de la idea que Jesús les había transmitido de Dios; todas las ilusiones que habían nacido al lado de Jesús se habían desvanecido y los ojos nuevos con los que habían aprendido a mirar la vida desde el Evangelio de Cristo se habían cerrado con la losa del sepulcro. 

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El regalo de acoger

Como discípulo de Jesús estamos llamados a seguirle, a tener confianza con Él. Para desarrollarla tenemos que aprender y educarla dentro de la comunidad, compartiéndola con los demás, que forman, a su vez, parte de la propia familia. Como discípulo estás invitado a confiar, a ser amigo de Jesús, a correr su misma suerte, compartiendo su mismo cáliz: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15). Discípulo es quien aprende a vivir en la confianza de amistad con Jesús. Por esto, la carta de presentación de un cristiano es el Evangelio, que nos habla de discipulado, de identidad. Así es como Jesús nos llama, y como a los discípulos, nos envía a dar testimonio y razón de nuestra fe, con unas instrucciones claras y precisas, que nos invitan a no improvisar y a no hacer las cosas como buenamente podamos. Más bien al contrario, Jesús quiere que hagamos las cosas auténticamente desde el primer momento.

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Por el Reino

Jesús siempre pide a los apóstoles que tengan fe en Él; son muchas las ocasiones en las que les dice: «Hombre de poca fe» (Mt 14, 31), ante las dudas que ellos tienen para fiarse plenamente de Jesús y creer en Él. Por eso Jesucristo se presenta como «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), porque Él es el Camino que nos conduce a Dios Padre, la Verdad que da sentido a nuestra vida, a nuestra existencia y la Vida que nos transmite para que alcancemos la alegría y la plenitud en nuestra vida. Por eso la fe nos lleva a un seguimiento auténtico de Jesucristo que viene a nuestro encuentro para que le sigamos y nos sintamos plenamente realizados como creyentes. El Señor nos ha creado libres y el Evangelio nos enseña a vivir en esta libertad verdadera porque somos hijos de Dios, porque además nos lleva a la renuncia de nuestro propio yo y esto se convierte en un misterio de amor. Cuando eres capaz de abnegarte, de sacrificarte por los demás, de entregar tu vida sin esperar nada a cambio, estás actuando por amor verdadero, dejándote llevar por el Señor a la entrega total del corazón, donde dejas de pensar en ti mismo para pensar en los demás.

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Instrumento del Espíritu Santo

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros» (Jn 14, 15-17). Jesús, en la Última Cena, habla a los discípulos sobre la unión que debe haber entre la fe, la entrega a Jesucristo desde el amor y la puesta en práctica de la Palabra de Dios en la vida cotidiana. Esta vivencia profunda de la fe nos llevará a una fuerza interior que nos permitirá amar a los demás igual que Jesucristo. Pues, en definitiva, es la aspiración que tenemos todos los cristianos: imitar a Jesús en todo lo que somos y tenemos. 

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En el sepulcro no estaba

La muerte siempre es desconcertante, es una tragedia porque experimentamos la dificultad de volver a reemprender la marcha y porque quien muere deja un vacío que ya nadie puede llenar. Así es como se sintieron los discípulos cuando vieron a Jesús muerto. Sus corazones estaban agarrotados, tristes, llenos de temor. Se hizo el silencio en sus vidas porque no había manera de explicar lo que había ocurrido, y sobretodo de aceptarlo tal y como pasó. Más de un día paso el sepulcro, por ser sábado, sin ningún tipo de visita. La prescripción del cumplimiento del sábado pudo más que el sentimiento hacia Cristo, mucho más después de ver la manera en la que había acabado. Las mujeres que fueron muy de mañana el domingo al sepulcro sólo tenían un pensamiento: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?» (Mc 16, 3). Las mujeres no hablaban de la muerte ni de cómo se sentían, sino que hablaban de la piedra, del peso que les impedía entrar a ver Jesús. Muchos son los pesos que en la vida nos aplastan y coartan nuestra libertad, impiden que nuestro corazón se sienta vivo, y el peso de la tristeza, de los desencantos de la vida hacen que bajemos los brazos y perdamos ese espíritu de lucha tan necesario. La ley, el cumplimiento de las normas rutinario y sin sentido, son una losa pesada para nuestro corazón y nuestra alma.

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