Ante la tempestad, calma

El evangelio es un reflejo de la vida misma. Son muchas las ocasiones en las que, ante los avatares y dificultades de la vida, los hombres acudimos a Dios movidos por las prisas, las ganas de que todo se resuelva, el deseo de que el Señor actúe pronto y nos conceda todo aquello que le pedimos, porque necesitamos su ayuda, pues incluso en algunos momentos, podemos llegar a rozar la angustia y la desazón. Pero los caminos y los tiempos del Señor son totalmente distintos a los nuestros. Él parece que no tiene prisa cuando nosotros la tenemos; parece que no nos escucha cuando le rogamos con insistencia que nos conceda cuanto le pedimos; parece que no está pendiente de nosotros cuando clamamos a Él con tanta insistencia; parece que se ausenta y nuestra vida le pasa totalmente desapercibida; parece que no nos mira cuando no hacemos más que rogarle y llamarle para que nos atienda como esperamos y deseamos. Dios no es como nosotros y actúa de una forma totalmente diversa a la nuestra.

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El día después de Pentecostés

Al día siguiente de Pentecostés los discípulos de Jesús siguieron predicando con fuerza y valentía que Jesús había resucitado. Lo hacían con la alegría que les proporcionó el Espíritu Santo y que ellos se esforzaban con conservar, cuidando su vida espiritual y llevando a la práctica cada una de las palabras que habían escuchado por boca de Jesús y que tenían bien guardadas en su corazón. ¿Qué es lo que tú tienes guardado en tu corazón? Son muchas las vivencias, sentimientos, percepciones, gozos, fracasos…, que tienes dentro de ti y que Jesús bien conoce. Puedes ser reservado o extrovertido, puedes contarlo todo o sólo lo que consideras, pero Jesús lo conoce todo y sabe cómo te sientes y qué necesitas en cada momento de tu vida. Por este motivo, déjate llevar por Él, no te escondas nada y no le des largas, posponiendo encuentros, tan necesarios y especiales, que te ayuden a abandonarte y así vivir ese amor tan especial que es el que Dios nos da.

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Instrumento del Espíritu Santo

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros» (Jn 14, 15-17). Jesús, en la Última Cena, habla a los discípulos sobre la unión que debe haber entre la fe, la entrega a Jesucristo desde el amor y la puesta en práctica de la Palabra de Dios en la vida cotidiana. Esta vivencia profunda de la fe nos llevará a una fuerza interior que nos permitirá amar a los demás igual que Jesucristo. Pues, en definitiva, es la aspiración que tenemos todos los cristianos: imitar a Jesús en todo lo que somos y tenemos. 

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La calma de la oración

El Señor Jesús nos invita a la calma y a la serenidad. En las últimas semanas antes de morir en la cruz se mantuvo en paz y tranquilidad, sabiendo que tenía que cumplir la misión que Dios Padre le había encomendado. Para eso todas las mañanas, antes de que saliese el sol, se iba a orar a la montaña, Él solo, para tener ese momento tan necesario de encuentro con el Señor. Dios es quien nos llena con su presencia; ésta es necesaria para el día a día, que trae también sus propios agobios, y que van llenando nuestra vida de alegrías y sinsabores. Hemos de encajar con rapidez cada vivencia, para que nuestra vida espiritual no se vea afectada por tantos sentimientos encontrados que experimentamos y vivimos cada día. Todo suma, tanto para bien como para mal. Si en la oración no descansamos en el Señor, siempre estaremos cansados, abatidos, sintiendo especialmente el vacío que va inundando nuestra alma, porque se va desgastando con el paso del tiempo y la acumulación de vivencias. Somos conscientes de la importancia de pararse, de llenarse nuevamente de Dios, de renovar nuestras esperanzas en Él, porque si no al final, nuestra vida deja de tener sentido y nos vemos envuelto en un círculo vicioso nada saludable para nuestra interioridad.

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Pasar por el desierto

«Te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal» (Dt 8, 15). Sumérgete con Jesús en la experiencia del desierto, en la soledad y el silencio para encontrarte con Él y unirte en el amor con tu Dios, que te está esperando con los brazos abiertos. El desierto es lugar de soledad, de vivir a la intemperie, sin ninguna barrera que te proteja, totalmente desnudo ante el gran Misterio de Dios. Allí nadie podrá interferir en tu camino y podrás despojarte de tu propio ego, así Dios entrará en tu corazón y podrás dejarte transformar.

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La provocación de Dios

Siempre que te dejas, el Señor llega a tu corazón. Siempre te remueve y te saca de tus comodidades, de tu vida fácil y hecha, de la instalación en que la que te has afianzado para tenerlo todo bien controlado y seguro. Cuando el Señor entra en tu vida todo lo remueve y te ayuda a cambiar tu perspectiva, la manera de vivir y mirar la vida y a los que te rodean. El momento del encuentro es precioso, lleno de fuerza, de amor intenso que te desborda, incomparable con ningún sentimiento humano, pues todo lo supera. Déjate tocar por Dios que está esperándote para llenar tu vida de sentido. La conversión y el compromiso con el Señor nace de esta experiencia profunda de encuentro, necesaria para ir dando pasos en tu vida de fe, que te llevan a tomar direcciones distintas abandonándote en las manos del Padre Bueno. No le rehúyas al Señor. La tentación de no querer escuchar lo que te tiene que decir siempre va a estar presente, porque dejar a un lado las seguridades construidas y la vida fácil resulta una empresa difícil, pues exige un cambio de vida y poner toda tu persona en las manos de Dios, dejándote llevar donde Él quiera y no donde tú deseas. Pero merece la pena superar esta tentación, porque se abrirá ante ti un mundo lleno de sorpresas maravillosas que vienen de Dios. Irás descubriendo y viviendo momentos que llenarán tu vida de sentido y tomarás conciencia de todo lo que te espera al dejar que Dios sea tu guía y vaya por delante de ti.

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Cuida tu paz interior

Buscar la paz y estar en paz. Tan valioso y necesario en nuestra vida. Sé instrumento de paz para hacerla cada día realidad en tu entorno, transmitirla a quienes te rodean y cuidarla con tus palabras y acciones para que no se pierda. Es frágil, rápidamente se puede perder por el más mínimo detalle o contratiempo que surja. Así es nuestro débil carácter, capaz de centrarse en lo que ofende y no es primordial en nuestra vida, y dejarla a un lado olvidando la calma y serenidad, necesarias para no perder los nervios, controlar la ira y reaccionar de la manera más templada posible. Queremos la paz y necesitamos la paz. El primero que ha de tenerla eres tú. Has de fortalecerla en tu interior para que no se vaya al menor contratiempo. Así cuando arrecien las dificultades te mantendrás sereno y tranquilo; tus palabras transmitirán calma a los que te rodean y serás testimonio para los demás de cómo afrontar las dificultades con tranquilidad, manteniendo en todo momento la quietud en tu alma.

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Vuela alto

La vida es un regalo que Dios nos ha hecho. Le pertenece a Él y sabemos que por más que queramos no podemos comprar ni un segundo más de ella. No podemos olvidarnos de que nuestra vida no nos pertenece, sino que es de Dios. Hay veces que nos olvidamos de ello y nos comportamos como si fuese única y exclusivamente nuestra. Dios nos ha creado y somos propiedad suya, aunque nos empeñemos en renegar de Él y en apartarle totalmente de nuestro lado para hacer lo que mejor nos parezca. Nos supera en cada una de nuestras facetas y dones y no podemos compararnos con Él en nada. El deseo de Dios cuando puso en manos del hombre toda la Creación fue: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra» (Gn 1, 28). Les encomienda actuar y hacerlo con buen sentido, desde la responsabilidad. Cuidando todo lo que les rodea, no solo la naturaleza, sino también las relaciones personales, dominando los animales, pero nunca a sus semejantes. Ningún ser humano debe estar ni por encima ni por debajo de nadie. Todos somos iguales ante Dios porque somos sus hijos. Y el amor debe de ser el motor de nuestra vida.

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Dios es consuelo

Hay veces que nos creemos “superhombres”, capaces de todo, de conseguir lo que nos proponemos, de tirar hacia delante con todo lo que la vida nos va poniendo en nuestro camino, de poder con todo lo que “nos echen encima y más” sin la necesidad de nadie. Caemos con mucha facilidad en la tentación de la autosuficiencia, pensando que nosotros mismos podemos con todo y no necesitamos ningún tipo de ayuda de los demás. Terminamos guardándonos tanto en nuestro interior que al final terminamos desbordados, sobrepasados y con tantos sentimientos encontrados dentro de nuestro corazón, que terminamos reventando por donde menos esperamos y con quien menos se lo merece, haciendo pagar a quien muchas veces no tiene culpa, por nuestra incapacidad de centrarnos y hacer lo correcto en cada momento.

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Hacerse a la idea

Hay veces que cuesta demasiado trabajo hacerse a la idea de lo que es repentino y sorprendente porque provoca un gran sufrimiento y dolor en nuestras vidas. Aceptar lo que la vida nos trae cuesta demasiado trabajo. La Virgen María también lo tuvo que experimentar en su propia carne cuando contemplaba a su hijo en la cruz después de haber sido torturado y maltratado por los soldados romanos. Una espada le atravesó el corazón sumergiéndola en el mayor de los dolores, especialmente en el momento de tener el cuerpo sin vida de su hijo en sus brazos. No hay mayor dolor que tener que hacer lo contrario de lo que la naturaleza ha dispuesto: que un padre y una madre entierren a su hijo. ¿Cómo hacerse a la idea de algo tan doloroso y desgarrador? María lo pasó muy mal, sólo quien ha sufrido en su vida algo tan duro puede saber cómo se sintió María. El resto de personas nos lo podemos imaginar solamente, no llegaremos nunca a ser conscientes de ese verdadero dolor.

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