La oración de intercesión

Dios siempre quiere lo mejor para nosotros, quiere vernos felices en todo momento. Para ello nos ha dado uno de los mayores regalos que podemos tener: la oración de intercesión. Quien pide por los demás olvidándose de sí es capaz de mostrar la gran bondad que tiene su corazón. Uno de los ejemplos más claros lo tenemos en la curación del paralítico al que descolgaron por el techo (cf. Mc 2, 1-12). Gracias a la fe que tenían en Jesús quienes abrieron el boquete en el techo, lograron presentarle delante de Jesús de la manera menos pensada, incluso original, creyendo que Jesús lo curaría y le devolvería la salud. De este deseo es donde buscamos a Dios para que nos ayude a resolver nuestros problemas, agobios, angustias y frustraciones. Cuando rezamos a Dios pidiendo por alguien e intercediendo por él, estamos poniendo nuestra mano en el corazón de Dios con la confianza de saber que el Señor atenderá nuestras peticiones. Así es como llegamos al corazón misericordioso de Dios y provocamos el milagro, la acción salvadora. Porque el Señor no se resiste a quienes con fe le buscan, a quienes esperan en él y se compadecen también por el sufrimiento y el dolor de sus hermanos.

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Un corazón en búsqueda

Hacer las cosas de corazón nos llena de satisfacción y de paz. Jesús, que es el Buen Pastor, nos muestra también su corazón lleno de amor y de misericordia, para que podamos comprender cómo de grande es el amor que Dios Padre nos tiene a cada uno y cómo nos quiere acoger y comprender tal y como somos; a cada uno desde nuestras propias limitaciones y pecados, sintiéndonos hijos suyos y disfrutando del hecho de que Dios nos ha pensado, nos llama a cada uno por nuestro nombre y nos hace partícipes de su proyecto de llevar su amor allá donde estemos y haciéndonos herederos de su Reino de Amor. Por eso te invito a que mires a tu corazón y recuerdes ese primer amor que tuviste hacia Dios, que te ayuda a seguirlo cada día, a confiar en Él y tenerlo en el centro de tu vida, de tu corazón. Jesús nos enseña que el corazón de Dios nunca se cansa ni tiene límites; no se da por vencido ante las dificultades y siempre se entrega en todo lo que realiza; nos deja libres para que decidamos qué es lo que queremos hacer y cómo queremos vivir; en él volvemos a descubrir cada día lo que significa amar hasta el extremo (cf. Jn 13, 1), porque siempre quiere llegar hasta el final, siendo fiel a la misión que el Padre le encomendó. Lo mismo tenemos que aprender a imitar nosotros: aprender de la fidelidad de Jesús en la Cruz.

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Instrumento de la Palabra

Los discípulos se nutrían constantemente de la Palabra de Jesús. Había veces que la entendían con claridad y otras que necesitaban que el Señor Jesús se la explicase a parte. Necesitaron un proceso de formación y acompañamiento por parte del Maestro que tuvo su culmen en Pentecostés. La sabiduría que adquirieron no llegó por ciencia infusa, sino porque realizaron un camino y fueron testigos de todo lo que el Señor realizó y enseñó. Así es como tiene que ser nuestra vida de fe; un camino al lado de Jesús, dejándolo todo para seguirle. Este es el primer paso que hay que dar: estar disponible, hacer que el corazón y el espíritu no tenga ninguna predisposición, sino dejarse llevar por Jesús y estar decidido a seguirle con fe. Hay veces que la confianza disminuye ante las situaciones de la vida que se presentan; el no saber qué hacer; no tener ciertas seguridades; tener que aceptar las debilidades de los hermanos para poder caminar juntos a veces resulta muy complicado. El Señor Jesús te invita a perseverar, a no desfallecer. Escucha con atención lo que cada día te dice a través de su Palabra y aliméntate de ella. En cuanto la Palabra de Dios deja de ser alimento para el alma comenzamos a flaquear; los defectos de los hermanos se hacen más grandes a nuestra mirada y nos empezamos a separar de ellos; las tentaciones se hacen más frecuentes y caemos en ellas, movidos por ese deseo de supervivencia y comodidad que nos lleva a no complicarnos la vida por los otros y empezando a ser espectadores de lo que ocurre a nuestro alrededor, sin tomar partido en ello.

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La calma de la oración

El Señor Jesús nos invita a la calma y a la serenidad. En las últimas semanas antes de morir en la cruz se mantuvo en paz y tranquilidad, sabiendo que tenía que cumplir la misión que Dios Padre le había encomendado. Para eso todas las mañanas, antes de que saliese el sol, se iba a orar a la montaña, Él solo, para tener ese momento tan necesario de encuentro con el Señor. Dios es quien nos llena con su presencia; ésta es necesaria para el día a día, que trae también sus propios agobios, y que van llenando nuestra vida de alegrías y sinsabores. Hemos de encajar con rapidez cada vivencia, para que nuestra vida espiritual no se vea afectada por tantos sentimientos encontrados que experimentamos y vivimos cada día. Todo suma, tanto para bien como para mal. Si en la oración no descansamos en el Señor, siempre estaremos cansados, abatidos, sintiendo especialmente el vacío que va inundando nuestra alma, porque se va desgastando con el paso del tiempo y la acumulación de vivencias. Somos conscientes de la importancia de pararse, de llenarse nuevamente de Dios, de renovar nuestras esperanzas en Él, porque si no al final, nuestra vida deja de tener sentido y nos vemos envuelto en un círculo vicioso nada saludable para nuestra interioridad.

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Perdonar

El perdón nos libera y nos da mucha paz interior, nos descarga del malestar que tenemos dentro y aumenta nuestra capacidad de amar. Siempre es más fácil decir la teoría que ponerla en práctica, y con el perdón suele pasar. Perdonar implica llegar a despegarse de las vivencias pasadas que nos han hecho sentir mal y causado daño. Cuando perdonamos nos liberamos a nosotros mismos, echamos fuera de nuestra vida el dolor y el resentimiento que podamos tener y que a veces supone una sobrecarga en nuestras espaldas. Es muy importante para llegar a perdonar de verdad aceptar lo que hemos vivido y que nos ha causado sufrimiento, dolor y decepción, porque el cruce de acusaciones, tanto las que nos hacen como las que realizamos resuenan en nuestra mente constantemente. Por esto es necesario hacer una reflexión seria y consciente sobre lo que tenemos que perdonar a los demás y también a nosotros mismos.

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¿Cómo mimar tu vida espiritual?

Cuidar la vida interior es primordial para tener fe, para mejorar cada día nuestra relación con el Señor. Las buenas intenciones y deseos que podemos tener de querer estar con Dios no son suficientes para alimentarnos espiritualmente y para crecer interiormente. El alimento hay que buscarlo, procesarlo y tomarlo para que nos llene de vida, fortaleza y esperanza para afrontar todas las situaciones que se nos presenten en nuestro camino. En la vida muchas cosas llegan por si solas, sin esperarlas, tanto buenas como malas. Ante esto, tenemos que estar preparados y dejarnos ayudar por Dios que siempre está con la mano tendida dispuesto a ayudarnos. Para ver a Dios en los momentos de dificultad hemos de desprendernos de todo aquello que nos ata. Los discípulos para seguir a Jesús lo primero que tuvieron que hacer fue dejar las redes, luego le acompañaron, le escucharon y contemplaron todo lo que hacía, aprendiendo todo de Él y dejándose enseñar, porque el Maestro les corregía y aleccionaba cuando no lo hacían bien.

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Perdona para ser feliz

“La ira es el veneno del alma. Si quieres se feliz un día véngate, si quieres ser feliz para siempre, perdona” (Irene Villa). Una frase que tiene mucha fuerza y sentido viniendo de una persona víctima del terrorismo, que ha sabido llenarse de perdón para poder afrontar su día a día. Ella es una luz que brilla de manera muy especial en medio de nuestro mundo. Es una de las heroínas de nuestro mundo porque es capaz de hablar desde el perdón, habiéndose visto injustamente mutilada por terroristas que le cambiaron la vida de forma radical.

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Año nuevo, vida nueva

 

“Año nuevo, vida nueva” solemos decir por estas fechas. Muchos son los propósitos personales que nos mueven en este comienzo de año, y que emprendemos con mucha determinación, convencidos de que con un año entero por vivir, podremos llegar a conseguirlos. El convencimiento que tenemos, la fuerza de voluntad que empleamos, la seguridad en nosotros mismos y la ilusión por querer cambiar y mejorar, son el mejor motor que nos lanza a alcanzar las metas deseadas. A nuestro motor interior hemos de saber alimentarlo cada día para no decaer, hacer las paradas pertinentes en los lugares adecuados para repostar y seguir avanzando a una velocidad adecuada que no nos desgaste demasiado y nos vaya apagando y consumiendo poco a poco. No dejes que el tiempo acabe apagando este deseo de cambio que tienes en estos momentos, al comienzo de este año nuevo que hoy inauguramos.

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Con conocimiento de causa

Qué fácil nos resulta mirar los toros de la barrera y juzgar lo que los demás hacen sin comprometernos. Hay veces que contemplamos situaciones que nos hacen ver lo más bajo a lo que es capaz de llegar el ser humano y la injusticia de juzgar sin estar presentes en los lugares donde uno puede estar dando la vida. En muchos lugares somos personas de paso, y estoy convencido, que quienes se encuentran viviendo en esos lugares mucho más tiempo que nosotros y están entregando su vida de una manera altruista, dejando las comodidades que tienen, cuando hablan y piden algo para los nativos del lugar, seguro que son más conocedores y conscientes de la realidad que aquellos que van de paso y que tienen más que asegurada su vida y su bienestar cuando vuelven a sus lugares de origen.

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En Dios

Sabemos de la dificultad que nos supone vivir nuestra fe de una manera coherente y permanecer fieles en la oración con perseverancia y dedicación. No dejarse llevar por el activismo y por los quehaceres cotidianos resulta complicado, porque son muchos los frentes que tenemos abiertos, que ocupan nuestro tiempo y también nuestra mente y que nos impiden pararnos para encontrarnos con Dios cada día, ante el ritmo frenético de vida que llevamos. Cuidar nuestra espiritualidad en los tiempos que corren es fundamental. No podemos descuidarnos porque rápidamente el mundo nos absorbe y nos somete a su voluntad y frialdad, y cada día que pasamos sin orar y contemplar el rostro de Dios, más daño nos estamos haciendo en nuestro interior, sin darnos cuenta, porque nos vamos alejando de Dios y vamos perdiendo esa frescura espiritual que necesitamos para darnos cuenta de lo necesario que es estar con Dios.

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