Semana Santa en pandemia

No sabemos los planes de Dios. Ya lo decía el apóstol san Pablo: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa? Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos» (Rom 11, 33-36). 

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Un mar de luz

El Señor Jesús después de resucitar no se queda inmóvil, sin hacer nada, sino que continuamente se está haciendo presente en la vida de los discípulos. Después de haberse reunido en el Cenáculo y encontrarse con el Resucitado volvieron a sus tareas cotidianas, a la normalidad de su vida. Ahí es donde Jesús también se aparece y manifiesta para renovar la vida de los discípulos dentro de su cotidianeidad. El encuentro con Cristo Resucitado no puede hacer que volvamos a nuestra vida como si no hubiese pasado nada, donde todo sigue como siempre, viviendo de la misma manera y sumergidos en las rutinas diarias. El encuentro con Cristo nos debe hacer hombres nuevos, dispuestos a vivir desde el espíritu de la Resurrección. Esto les ocurrió a los discípulos, cuando volvieron a sus tareas de pescadores. Se pasaron toda la noche faenando y no obtuvieron fruto (cf. Jn 21, 1-14), hasta. Que Jesús les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis» (Jn 21, 6), y todo fue a plena luz del día, no en la oscuridad de la noche. Las obras del hombre nuevo han de realizarse a la luz del Resucitado, iluminados por la claridad que nos da Cristo Jesús. Al llegar de la pesca se sentaron a comer y Jesús termina llamando de nuevo a Pedro y diciéndole: «Sígueme» (Jn 21, 19). Es la llamada a la vida nueva que no podemos rechazar si queremos dejarnos seducir por el Resucitado. Ha llegado el momento de dar ese paso, ese salto que transforme definitivamente el corazón.

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