Abrir las puertas

Por las circunstancias de la vida y de los tiempos que corren hoy nos fiamos de muy poca gente. Son muchas las situaciones en las que desconfiamos, cuando alguien desconocido se acerca a pedirnos algo podemos llegar a desconfiar de él y pensar que nos quiere engañar. Recuerdo hace años que una persona mayor de mi pueblo natal, Noblejas, me decía: “Hoy todas las puertas de las casas están cerradas, echo de menos el verlas abiertas y poder entrar, sentarme con el vecino y tener un rato ameno de conversación. Ya no nos fiamos de nadie”.

Creo que necesitamos abrir las puertas de nuestra confianza, de nuestra compasión, de nuestro corazón para que sea Dios quien nos ayude a cambiar este mundo, empezando en primer lugar por nosotros mismos. Somos cada uno los que tenemos que dar el primer paso y convencernos de que si queremos que nuestro mundo cambie, quien tiene que empezar soy yo. Y animar a los que me rodean a que me sigan. Pero siempre resulta más cómodo esperar que sean los demás quienes actúen, y si vemos que funciona, igual nos planteamos subirnos al carro.

Abrir las puertas significa lanzarse y confiar. Salir de nuestra zona de confort e iniciar una aventura donde el guía es Jesús, y donde no sirve la pregunta: “¿Dónde vamos ahora?”, con lo que nos gusta saber, anticiparnos y tenerlo todo contralado. La actitud es la de dejarse llevar, puestos en las manos de Dios.

Es por eso que dice Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga»(Mc 8, 34). Y negarse así mismo significa dejar atrás nuestras comodidades, esquemas, seguridades, caprichos, bienestar… y comenzar un camino en el que «quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará»(Mc 8, 35).

Decía el 22 de octubre de 1978 San Juan Pablo II en la homilía del comienzo de su Pontificado: “¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!” Me encanta esta expresión y la fuerza con la que el santo Papa la pronunció, desde el convencimiento, desde su propia profesión de fe ante la Iglesia.

Por eso nos animamos mutuamente a que abramos las puertas de nuestro corazón a Cristo Resucitado, para que juntos empecemos a dar pasos donde transformemos el mundo desde Cristo y desde el Evangelio. Merece la pena.Abre las puerta de tu corazón al Señor.

 

Padre mío,
me abandono a Ti.

Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo.
Con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tu eres mi Padre.

Amén.

(Carlos de Foucauld)